miércoles, 17 de agosto de 2016

Ser mujer en estos tiempos implica una bisagra que determina la lucha por los derechos de igualdad de género.

Aunque la frase antedicha ya tenga visos de lugar común, los espacios donde se libra cada batalla son cotidianos.
La detención de Milagro Sala, arbitraria y lejana a la asistencia de todo derecho constitucional que legitima un estado democrático, es el paragón de la estigmatización mutiladora de igualdades. Su condición agrava la situación a la que la someten, la violencia adjudicada se exacerba porque una mujer debe ser sancionada si tiene fuerza, el modelo hegemónico femenino es incompatible con las luchas y las demandas.
Más se profundiza el estado de denigración hacia el género, si a la condición de mujer se le suman la pobreza, la marginalidad socio económica educativa y la raza.
Ese combo explosivo muchas veces atraviesa a las mismas luchas feministas, mujeres que conducen la demanda, someten a otras a las tareas domésticas en sus hogares por la sola desigualdad de oportunidades.
Entonces, el combate se confunde en la bruma de los mandatos sociales que siguen indicando el lugar de la mujer en el devenir de la vida cotidiana.
Ser mujer se complica en nuestras provincias conservadoras a ultranza, sociedades donde otras mujeres siguen replicando el modelo, amparado por un estado que recorta los derechos adquiridos.
La educación sexual, la información en salud reproductiva, el acceso a métodos anticonceptivos, la aplicación del aborto no punible, legislados a nivel nacional son sistemáticamente violados en su aplicación, vaya paradoja aterradora, por un estado que practica el machismo avalado por mujeres funcionarias.
Así, el segmento más vulnerable de la comunidad sufre la doble discriminación por sus estatus social y por su condición de género.
Los hombres se posicionan como hitos de poder en todos los ámbitos, donde las mujeres acceden en cupo espontáneo siempre cumpliendo los requisitos del objeto adorno.
Se las pondera hipócritamente como eficientes a la vez que se alaba sus atributos estéticos. En ese estadío, continúa el juzgamiento de ánimos y conductas según la vida privada que lleven.
En este contexto, las batallas por los pedidos de justicia que involucran a la niña wichi violada, embarazada y abandonada, terminan en el reducto de quienes reclaman el más básico de los humanismos, la consideración del otro como persona.
En pleno siglo XXI, la comunidad que ostentamos reside en una pseudo civilidad rudimentaria, donde las personas se dividen en grupo merecedores de ciudadanía y conglomerado de lúmpenes a disposición, con exclusión efectiva si además, son mujeres.
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